Reflexiones

El Sermón, La Vaca más Sagrada del Protestantismo.

“El cristianismo no destruyó al paganismo; lo adoptó.”  -Will Durant

Llegamos ahora a una de las prácticas eclesiásticas más sacrosantas de todas: el sermón.

Elimine el sermón, y el orden del culto protestante no es más que una reunión de canto.

Quite el sermón, y la asistencia al servicio del domingo a la mañana está condenada a bajar dramáticamente.

El sermón es la base de la liturgia protestante. Durante quinientos años ha funcionado como un mecanismo de relojería. Cada domingo a la mañana, el pastor sube a su púlpito y da un discurso inspirador a un público pasivo que calienta los bancos. Tan clave es el sermón que es la razón misma por la que la mayoría de los cristianos asisten a la iglesia. De hecho, todo el culto suele ser juzgado por la calidad del sermón. Pregúntele a una persona cómo estuvo el culto del domingo y recibirá invariablemente una descripción del sermón.

Por ejemplo:

Pregunta: “¿Cómo estuvo la iglesia el domingo pasado?”.

Respuesta: “Oh, maravilloso. El pastor García habló de la importancia de dar «semillas de fe» como ofrenda para aumentar nuestros ingresos; fue tremendo. Me motivó a dar toda mi paga el próximo domingo”.

En resumen, la mentalidad cristiana actual hace equivaler al sermón con el culto del domingo a la mañana. Pero no termina aquí. La mayoría de los cristianos son adictos al sermón. Llegan a la iglesia con un balde vacío esperando que el predicador lo llene con un mensaje que lo haga sentir bien. Para el cristiano típico, el sermón es el principal medio de sustento espiritual. Está por encima de la oración, la lectura bíblica y la comunión con otros creyentes. Y, si somos completamente sinceros, ¡está hasta por encima de la comunión con Jesucristo (al menos en la práctica)!

Elimine el sermón y ha eliminado la fuente más importante de nutrición espiritual de la mayoría de los creyentes (según el pensamiento general). ¡Pero la asombrosa realidad es que el sermón no tiene ninguna raíz en las Escrituras! Más bien, fue tomado de la cultura pagana, y criado y adoptado dentro de la fe cristiana. Esta es una declaración alarmante, ¿no es cierto? Pero hay más. En realidad, el sermón atenta contra el propósito mismo para el cual Dios ideó la reunión de iglesia. Y tiene muy poco que ver con el auténtico crecimiento espiritual. Voy a demostrar estas palabras en este capítulo.

El sermón y la Biblia

Sin duda, alguien que lea lo que acabo de escribir replicará: “En toda la Biblia aparecen personas que predicaron. ¡Por supuesto que el sermón es bíblico!”.

Es cierto que las Escrituras registran a hombres y mujeres predicando. Sin embargo, hay una enorme diferencia entre la prédica inspirada por el Espíritu descrita en la Biblia y el sermón moderno. Esta diferencia casi siempre se pasa por alto, porque hemos sido condicionados inadvertidamente a leer nuestras prácticas actuales en la Biblia. Así que, aceptamos, erróneamente, el culto al púlpito actual como algo bíblico. Déjeme analizarlo un poco más. El sermón cristiano contemporáneo tiene las siguientes características:

• Es algo que ocurre con regularidad, entregado fielmente desde el púlpito al menos una vez por semana.

• Es entregado por la misma persona; generalmente, el pastor.

• Es entregado a un público pasivo; es esencialmente un monólogo.

• Es una forma de hablar elaborada, con una estructura específica. Suele tener una introducción, tres a cinco puntos y una conclusión.

Contraste esto con el tipo de prédica que aparece en la Biblia. En el Antiguo Testamento, había hombres de Dios que predicaban y enseñaban. Pero sus disertaciones no encajan en el sermón moderno. Estas son las características de las predicaciones y enseñanzas del Antiguo Testamento:

• Eran habituales la participación y las interrupciones del público.

• Hablaban extemporáneamente y por una carga del momento, en vez de hacerlo usando un escrito preparado.

• No hay ninguna indicación de que los profetas o sacerdotes del Antiguo Testamento dieran mensajes con regularidad al pueblo de Dios. En cambio, la naturaleza de las predicaciones del Antiguo Testamento era esporádica, fluida y abierta a la participación del público. La prédica de la antigua sinagoga seguía un modelo similar. Llegamos ahora al Nuevo Testamento. El Señor Jesús no predicaba un sermón en forma regular al mismo público. Sus prédicas y enseñanzas asumían muchas formas diferentes. Y daba sus mensajes a muchos públicos diferentes. (Por supuesto que concentró la mayor parte de su enseñanza en sus discípulos. Sin embargo, los mensajes que Él les daba eran siempre espontáneos e informales.)

Siguiendo el mismo modelo, la predicación apostólica que se registra en Hechos poseía las siguientes características:

• Era esporádica.

• Era entregada en ocasiones especiales para tratar con problemas específicos.

• Era extemporánea y sin estructura retórica.

• Tenía habitualmente características de diálogo (es decir que incluía las opiniones e interrupciones del público) en vez de un monólogo (un discurso de un solo sentido).

Similarmente, las cartas del Nuevo Testamento muestran que el ministerio de la Palabra de Dios surgía de toda la iglesia en sus reuniones habituales. Este funcionamiento “de todos los miembros” era también conversacional y con interrupciones. De igual manera, las exhortaciones de los ancianos locales eran generalmente espontáneas.

En resumen, el sermón moderno dado para el consumo cristiano es ajeno tanto al Antiguo como al Nuevo Testamento. No hay absolutamente nada en las Escrituras que indique su existencia en las reuniones de los primeros cristianos.

¿De dónde vino el sermón cristiano?

La fuente cristiana más antigua conocida con relación al uso habitual de sermones se encuentra a fines del segundo siglo. Clemente de Alejandría (150-215) lamentaba el hecho de que los sermones hacían tan poco para cambiar a los cristianos. Sin embargo, a pesar de su fracaso reconocido, el sermón se convirtió en una práctica habitual entre los creyentes a principios del cuarto siglo.

Esto plantea una pregunta espinosa. Si los cristianos del primer siglo no se destacaban por sus sermones, ¿de dónde tomaron los cristianos post-apostólicos el sermón? La respuesta es elocuente: ¡El sermón cristiano fue adoptado directamente de la fuente pagana de la cultura griega!

Para encontrar los orígenes del sermón, tenemos que ir al quinto siglo a.C., a un grupo de maestros  errantes llamados sofistas. Se les atribuye a los sofistas la invención de la retórica (el arte de hablar persuasivamente.) Ellos reclutaban discípulos y exigían el pago por sus discursos.

Los sofistas eran expertos discutidores. Eran maestros en el empleo de apelaciones emocionales, la apariencia física y el lenguaje ingenioso para “vender” sus argumentos.

Con el tiempo, el estilo, la forma y la destreza oratoria de los sofistas llegaron a ser más valoradas que su precisión. Esto produjo una clase de hombres que se convirtieron en maestros de frases elegantes, “cultivando el estilo por el estilo mismo”. Las verdades que predicaban eran abstractas en vez de verdades practicadas en sus propias vidas. Eran expertos en imitar la forma antes que la sustancia.

Los sofistas se identificaban por la ropa especial que usaban. Algunos vivían en un lugar fijo donde daban sus sermones regularmente al mismo público. Otros viajaban para dar sus pulidos discursos. (Sacaban bastante dinero cuando lo hacían.) A veces, el orador griego ingresaba al foro donde daría su discurso “vestido ya con su túnica para el púlpito”. Después subía los escalones para sentarse en su silla profesional, desde donde daba su sermón. Para sostener sus argumentos, el sofista solía citar versos de Homero. (Algunos oradores estudiaron a Homero tan bien que podían repetirlo de memoria.) El sofista era tan cautivante que a menudo incitaba a su público a aplaudir durante su discurso. Si su mensaje era bien recibido, algunos decían que su sermón estaba “inspirado”.

Los sofistas eran los hombres más distinguidos de su tiempo. A tal punto que muchos vivían del estado. Otros tuvieron estatuas públicas erigidas en su honor. (¿No le recuerda todo esto a muchos predicadores modernos?)

Casi un siglo más tarde, el filósofo griego Aristóteles (384-322 d.C.) dio a la retórica el discurso de tres puntos. “Un todo”, dijo Aristóteles, “necesita un principio, un centro y un final”. Con el tiempo, los oradores griegos incorporaron el principio de los tres puntos de Aristóteles en sus discursos.

Los griegos estaban intoxicados con la retórica. Así que les iba bien a los sofistas. Cuando Roma conquistó Grecia, los romanos cayeron bajo el hechizo griego y su obsesión por la retórica. Por consiguiente, la cultura grecorromana desarrolló un deseo insaciable de escuchar a alguien dar un discurso elocuente. Se puso tan de moda que un “pequeño sermón” de un filósofo profesional después de la cena era una forma habitual de entretenimiento.

Los antiguos griegos y romanos consideraban a la retórica como una de las mayores formas de arte. En consecuencia, los oradores del Imperio Romano eran honrados con la misma condición glamorosa que los estadounidenses asignan a las estrellas del cine y a los atletas profesionales. Eran las estrellas rutilantes de su tiempo.

Los oradores podían llevar a una multitud al frenesí simplemente con sus poderosas habilidades de oratoria. Los maestros de retórica, la ciencia líder de ese tiempo, eran el orgullo de cada ciudad importante. Los oradores que producían recibían el trato de celebridades. En resumen, los griegos y romanos eran adictos al sermón pagano, así como muchos cristianos contemporáneos son adictos al sermón “cristiano”.

La llegada de una corriente contaminada

¿Cómo terminó el sermón griego en la iglesia cristiana? Alrededor del tercer siglo, se creó un vacío cuando el ministerio mutuo se extinguió en el Cuerpo de Cristo. En este momento el obrero itinerante que hablaba desde una carga espontánea desapareció de la iglesia. Para cubrir su ausencia, comenzó a surgir la casta clerical. Las reuniones abiertas comenzaron a desaparecer, y las reuniones de iglesia se volvieron cada vez más litúrgicas.

Durante el tercer siglo, la distinción entre el clero y el laicado se estaba ampliando a una velocidad arrolladora. Comenzó a arraigarse una estructura jerárquica, y apareció el concepto del “especialista religioso”. En vista de estos cambios, el cristiano participativo tuvo problemas para encajar en esta estructura eclesiástica en evolución. No había lugar para que él ejerciera sus dones. Para el cuarto siglo, la iglesia se había vuelto completamente institucionalizada y la participación del pueblo de Dios se congeló.

Mientras ocurría esto, muchos oradores paganos se estaban volviendo cristianos. Como resultado, se introdujeron inadvertidamente ideas filosóficas paganas en la comunidad cristiana. Algunos de los nuevos creyentes de este tiempo eran ex oradores y filósofos paganos. Lamentablemente, muchos de estos hombres pasaron a ser los teólogos de la iglesia cristiana primitiva. Son conocidos como los “padres de la iglesia” y algunos de sus escritos están con nosotros todavía.

Por lo tanto, el concepto pagano de un orador profesional entrenado que da discursos o sermones por un arancel pasó directamente a la corriente sanguínea del cristianismo. Note que el concepto de un “maestro especialista pago” no vino del judaísmo. Vino de Grecia. Los rabinos judíos acostumbraban tener un oficio o profesión para no cobrar por su enseñanza.

La conclusión de esta historia es que estos ex oradores paganos (ahora convertidos en cristianos) empezaron a utilizar sus destrezas en la oratoria grecorromana para propósitos cristianos. Se sentaban en su silla oficial y “explicaban el texto sagrado de las Escrituras, así como el sofista acostumbraba dar una exégesis del texto cuasi sagrado de Homero…” Si usted compara un sermón pagano del tercer siglo con un sermón dado por uno de los padres de la iglesia, encontrará que tanto la estructura como la fraseología de ambos se parecen impresionantemente.

Así que un nuevo estilo de comunicación estaba naciendo en la iglesia cristiana, un estilo que enfatizaba la retórica pulida, la gramática sofisticada, la elocuencia florida y el monólogo. Era un estilo ideado para entretener y hacer alarde de las destrezas en oratoria del expositor. Era la retórica grecorromana. ¡Y solamente a las personas entrenadas en estas capacidades se les permitía dirigirse a la congregación! ¿Le suena conocido?

Un erudito lo expresa de la siguiente manera: La proclamación original del mensaje cristiano era una conversación de doble vía… pero cuando las escuelas de oratoria del mundo occidental se apoderaron del mensaje cristiano, convirtieron a la prédica cristiana en algo enormemente diferente. La oratoria tendió a ocupar el lugar de la conversación.

La grandeza del orador tomó el lugar del asombroso hecho de Jesucristo. Y el diálogo entre el orador y el oyente pasó a ser un monólogo. En resumen, el sermón grecorromano reemplazó el profetizar, el compartir abiertamente y la enseñanza inspirada por el Espíritu. El sermón pasó a ser el privilegio elitista de los oficiales de la iglesia, especialmente los obispos. Estas personas debían ser educadas en las escuelas de retórica para aprender a hablar. Sin esta clase de educación, no se le permitía a un cristiano hablar al pueblo de Dios.

Ya en el tercer siglo los cristianos llamaban a sus sermones con el mismo nombre que los oradores griegos denominaban sus discursos. Los llamaban homilías. Hoy uno puede tomar un curso de seminario llamado homilética para aprender a predicar. Se considera a la homilética como “una ciencia que aplica las reglas de la retórica, que tienen su origen en Grecia y Roma”.

Expresado de otra manera, ni las homilías (los sermones) ni la homilética (el arte de dar un sermón) tienen un origen cristiano. Fueron tomados de los paganos. Una corriente contaminada se introdujo en la fe cristiana y envenenó sus aguas. Y esa corriente fluye tan fuerte hoy como en el cuarto siglo.

Crisóstomo y Agustín

Juan Crisóstomo (347-407 d.C.) fue uno de los más grandes oradores cristianos de su tiempo. (Crisóstomo significa ‘boca de oro’.) Constantinopla jamás había escuchado “sermones tan poderosos, brillantes y francos” como los predicados por Crisóstomo. La prédica de Crisóstomo era tan convincente que la gente a veces se abría camino al frente para escucharlo mejor. Crisóstomo, que tenía el don natural de locuacidad de un orador, aprendió a hablar bajo el sofista más destacado del cuarto siglo, Libanio. La elocuencia de Crisóstomo en el púlpito era incomparable. Sus discursos eran tan poderosos que eran interrumpidos a menudo por el aplauso de la congregación. Una vez dio un sermón condenando el aplauso como algo impropio de la casa de Dios. Pero, después de concluir el sermón, a la congregación le gustó tanto el sermón que aplaudió. Esta historia ilustra el poder irrefrenable de la retórica griega.

Podemos dar crédito tanto a Crisóstomo como a Agustín (354-430 d.C.), un ex profesor de retórica, por convertir al discurso desde el púlpito en una parte esencial de la fe cristiana. En Crisóstomo, el sermón griego alcanzó su apogeo. El estilo del sermón griego echaba mano de la brillantez retórica, la cita de poesías y se centraba en impresionar al público. Crisóstomo enfatizaba que “el predicador necesita trabajar en sus sermones mucho tiempo para lograr el poder de la elocuencia”.

En Agustín, el sermón en latín alcanzó su punto más alto. El estilo del sermón latino era más práctico que el estilo griego. Se centraba en el “hombre común” y apuntaba a un tema moral más sencillo. Zwinglio tomó a Juan Crisóstomo como su modelo en la predicación, mientras que Lutero tomó a Agustín como el suyo. Ambos estilos, el latino y griego, incluían la modalidad del comentario versículo por versículo así como una forma de paráfrasis.

Aun así, Crisóstomo y Agustín pertenecían al linaje de los sofistas griegos. Nos dieron la pulida retórica cristiana. Nos dieron el sermón “cristiano”. Bíblico en contenido, pero griego en estilo.

Los reformadores, los puritanos y el Gran Despertar Durante los tiempos medievales, la Eucaristía dominó la misa católica romana y la predicación ocupó un lugar secundario. Pero, con la llegada de Martín Lutero (1483-1546), el sermón volvió a ocupar un lugar destacado en el culto de adoración. Lutero concebía a la iglesia, incorrectamente, como una reunión de personas que escuchan la Palabra de Dios hablada a ellas. Por esta razón, ¡una vez llamó al edificio de iglesia Mundhaus (casa de la boca o del habla)!

Juan Calvino (1509-1564), siguiendo a Lutero, sostenía que el predicador es la “boca de Dios”. (Irónicamente, ambos hombres denostaron vehemente la idea de que el Papa era el Vicario de Cristo.) No es sorprendente que muchos de los reformadores hayan estudiado retórica y estuvieran fuertemente influenciados por los sermones grecorromanos de Agustín, Crisóstomo, Orígenes y Gregorio Magno.

De esta forma, los defectos de los padres de la iglesia fueron reproducidos por los reformadores y las subculturas protestantes que crearon. Este fue el caso especialmente de los puritanos. De hecho, la tradición de predicación evangélica moderna encuentra sus raíces más recientes en el movimiento puritano del siglo XVII y el Gran Despertar del siglo XVIII.

Los puritanos adoptaron su estilo de predicación de Calvino. ¿Cuál era ese estilo? Era la exposición sistemática de las Escrituras. Un estilo adoptado de los padres de la iglesia primitiva y que se hizo muy popular durante el Renacimiento. Los eruditos del Renacimiento daban un comentario oración por oración de un escrito de la antigüedad clásica. Calvino era un maestro de esta forma. Antes de su conversión, usó este estilo para un comentario del autor pagano Séneca. Cuando se convirtió y empezó a predicar sermones, aplicó el mismo estilo analítico a la Biblia.

Siguiendo los pasos de su padre, Juan Calvino, los puritanos centraban todos sus cultos eclesiásticos alrededor de la enseñanza sistemática de la Biblia. Al buscar protestantizar Inglaterra (purificándolo de las fallas del anglicanismo), los puritanos centraron todos sus cultos de iglesia alrededor de exposiciones de las Escrituras muy estructuradas, metódicas, lógicas y versículo por versículo. Su énfasis era que el protestantismo era una religión “del Libro”. (Irónicamente, ¡“el Libro” no dice nada del sermón!).

Los puritanos también inventaron una forma de predicación llamada de “estilo sencillo”. Este estilo se basaba en la memorización de las notas del sermón. La división, subdivisión y análisis del texto bíblico que hacían elevó al sermón al nivel de una ciencia refinada. Aún hoy muchísimos pastores usan esta forma. Además, los puritanos nos dieron el sermón de una hora, la práctica de que los asistentes tomaran apuntes del sermón, el prolijo bosquejo del sermón de cuatro partes y el uso de ayuda a memorias por el pastor durante su discurso.

Otra influencia, el Gran Despertar, es responsable del tipo de predicación que fue común en las primeras iglesias metodistas, y que aún se usa en las iglesias pentecostales actuales. Los fuertes estallidos de emoción, los gritos, el correr de un lado de la plataforma al otro, son todos vestigios de esta tradición.

Resumiendo el origen del sermón moderno, podemos decir lo siguiente: el cristianismo adoptó, bautizó y envolvió en pañales la retórica grecorromana. La homilía griega se introdujo en la iglesia cristiana alrededor del segundo siglo, y alcanzó su punto más alto en los oradores de púlpito del cuarto siglo: a saber, Crisóstomo y Agustín.

El sermón cristiano ocupó un puesto secundario desde el quinto siglo hasta la Reforma, cuando fue arropado y venerado como el foco central del culto protestante. Sin embargo, durante quinientos años la mayoría de los cristianos nunca se ha cuestionado su origen o su eficacia.

¿Cómo daña a la iglesia el uso de sermones?

Aunque venerado durante cinco siglos, el sermón convencional ha contribuido al mal funcionamiento de la iglesia de varias maneras.

Primero, el sermón convierte al predicador en el ejecutante virtuoso del culto de la iglesia. Como resultado, la participación de la congregación es obstaculizada, en el mejor de los casos, e impedida, en el peor de los casos. El sermón convierte a la iglesia en un puesto de predicación. La congregación degenera en un grupo de espectadores enmudecidos que presencian una función. No hay espacio para interrumpir o cuestionar al predicador mientras da su discurso. El sermón congela y aprisiona el funcionamiento de Cuerpo de Cristo. Fomenta un sacerdocio dócil al permitir a los profesionales del púlpito dominar la reunión de la iglesia semana tras semana con sus juegos de manos.

En segundo lugar, el sermón estanca el crecimiento espiritual. Al ser unidireccional, ahoga la curiosidad y genera pasividad. El sermón incapacita el funcionamiento de la iglesia. Sofoca el ministerio mutuo. Ahoga la participación abierta. Hace que el crecimiento espiritual del pueblo de Dios caiga en picada.

Como cristianos, necesitamos funcionar si queremos crecer. No crecemos sentándonos como estatuas de sal en el banco mientras un hombre nos predica semana tras semana. De hecho, una de las metas de la predicación y la enseñanza al estilo del Nuevo Testamento es ponerlo en funcionamiento a usted. Alentarlo a abrir su boca en la reunión de iglesia. El sermón convencional obstaculiza este mismo proceso.

En tercer lugar, el sermón preserva la mentalidad anti-bíblica de un clero. Crea una dependencia excesiva y patológica del clero. El sermón hace del predicador el especialista religioso, el único que tiene algo digno de compartir. Todos los demás son tratados como cristianos de segunda, silenciosos calentadores de bancos. (Si bien esto no suele expresarse, es la realidad.)

¿Cómo puede el pastor aprender de los demás miembros del Cuerpo de Cristo cuando están en silencio? ¿Cómo puede la iglesia aprender del pastor cuando sus miembros no le pueden hacer preguntas durante su discurso? ¿Cómo pueden los hermanos y hermanas aprender el uno del otro si están amordazados y sin poder hablar durante las reuniones?

El sermón hace que la “iglesia” sea lejana e impersonal. Priva al pastor de recibir sostén espiritual de la iglesia. Y priva a la iglesia de recibir nutrición espiritual unos de otros. Por estas razones, ¡el sermón es una de las vallas más grandes para un sacerdocio funcional!

En cuarto lugar, más que equipar a los santos, el sermón les quita las destrezas. No importa con cuánta fuerza los ministros hablen de “equipar a los santos para la obra del ministerio”, lo cierto es que la predicación de sermones no equipa a nadie para el servicio espiritual. En realidad, el pueblo de Dios está tan adicto a escuchar sermones como los pastores a predicarlos. (Soy consciente de que a algunos cristianos no les gusta que les prediquen constantemente semana tras semana. Pero la mayoría parece disfrutarlo.) En contraste, la predicación y enseñanza al estilo del Nuevo Testamento equipa a la iglesia para que pueda funcionar sin la presencia de un clérigo.

En quinto lugar, el sermón moderno es completamente impráctico. La mayoría de los predicadores son expertos en lo que nunca han experimentado. Sea abstracto/teórico, devocional/inspirador, exigente/convincente, entretenido/divertido, el sermón no logra poner a los oyentes en una experiencia directa y práctica de lo que ha sido predicado. Por lo tanto, ¡el típico sermón es una lección de natación en tierra firme! Carece de todo valor práctico. Se predica mucho, pero poco llega. La mayor parte está dirigida al lóbulo frontal.

El moderno énfasis en el púlpito no trasciende de meramente diseminar información para cumplir con el papel de equipar a los creyentes para que experimenten y usen lo que han escuchado.

En este sentido, el sermón refleja a su verdadero padre, la retórica grecorromana, impregnada de abstracción. “Involucraba formas ideadas para entretener y mostrar genialidad en vez de instruir o desarrollar talentos en los demás”. El moderno sermón pulido podrá calentar el corazón, inspirar la voluntad y estimular la mente. ¡Pero rara vez, o nunca, muestra al equipo cómo dejar el abrazo grupal!

En todas estas formas, el sermón no logra promover el crecimiento espiritual. En cambio, intensifica el empobrecimiento de la iglesia. El sermón actúa como un estimulante momentáneo. Sus efectos son efímeros, en el mejor de los casos.

Seamos sinceros. Hay montones de cristianos que han sido sermoneados por décadas, y siguen siendo bebés en Cristo. Los cristianos no somos transformados por escuchar sermones. Somos transformados por encuentros regulares con el Señor Jesucristo. Los que ministran, por lo tanto, son llamados a asegurarse de que su ministerio sea intensamente práctico. Están llamados no solamente a revelar a Cristo, sino a mostrar a sus oyentes cómo experimentarlo, conocerlo, seguirlo y servirlo.

Si un predicador no puede llevar a sus oyentes a una experiencia viva y espiritual de lo que está ministrando, los resultados de su mensaje serán efímeros. Por lo tanto, la iglesia necesita menos personas en el púlpito y más facilitadores espirituales. Hay una tremenda necesidad de personas que puedan proclamar a Cristo y sepan cómo alistar al pueblo de Dios para que experimente a Quien ha sido predicado.

Necesitamos restaurar la práctica del primer siglo de la exhortación mutua y el ministerio mutuo. Porque el Nuevo Testamento hace girar la transformación espiritual alrededor de estas dos cosas. Es cierto que el don de la enseñanza está presente en la iglesia. Pero la enseñanza debe surgir de todos los creyentes, así como de los que poseen dones especiales para enseñar. Nos alejamos mucho de los límites bíblicos cuando permitimos que la enseñanza asuma la forma de un sermón convencional y la relegamos a una clase de oradores profesionales.

En resumen

El sermón del púlpito no es el equivalente de la predicación que se encuentra en las Escrituras. No puede encontrarse en el judaísmo del Antiguo Testamento, el ministerio de Jesús o la vida de la iglesia primitiva. Es más, Pablo dijo a sus conversos griegos que él rehusó ser influenciado por los patrones de comunicación de sus contemporáneos paganos.

El sermón es una vaca sagrada que fue concebida en el vientre de la retórica griega. Nació a la comunidad cristiana cuando ex paganos convertidos en cristianos empezaron a traer sus estilos de oratoria a la iglesia. Para el tercer siglo, era habitual que los líderes cristianos dieran sermones. Para el cuarto, pasó a ser la norma.

El cristianismo ha absorbido la cultura que lo rodea. Cuando su pastor se sube al púlpito llevando su vestimenta clerical y da su sermón sagrado, está jugando el papel del antiguo orador griego.

Sin embargo, a pesar de que el sermón no tiene un ápice de mérito bíblico para justificar su existencia, sigue siendo admirado acríticamente por la mayoría de los cristianos actuales.

Se ha arraigado tanto en la mente cristiana que la mayoría de los pastores y “laicos” que creen en la Biblia no ven que están afirmando y perpetuando una práctica anti-bíblica por pura tradición. El sermón ha quedado implantado permanentemente en una compleja estructura organizacional que dista mucho de la vida eclesiástica del primer siglo.

En vista de todo lo que hemos descubierto acerca del sermón moderno, considere estas preguntas penetrantes:

¿Cómo puede un hombre predicar un sermón acerca de ser fiel a la Palabra de Dios cuando está predicando un sermón? Y ¿cómo puede un cristiano sentarse pasivamente en un banco y afirmar el sacerdocio de todos los creyentes cuando está sentado pasivamente en un banco? Hilando más fino, ¿cómo puede usted, querido cristiano, afirmar que defiende la doctrina protestante de sola Scriptura (“sólo por la Escritura”) y seguir apoyando el sermón del púlpito?

Como dijo un autor de manera tan elocuente: “El sermón es, en la práctica, incuestionable. Ha llegado a ser un fin en sí mismo, sagrado, producto de una reverencia distorsionada por ‘las tradiciones de los ancianos’… Parece ser extrañamente inconsistente que los que están más dispuestos a afirmar que la Biblia es la Palabra de Dios, ‘la guía suprema en todos los asuntos de la fe y la práctica’, se encuentran entre los primeros en rechazar los métodos bíblicos a favor de las ‘cisternas rotas’ de sus padres (Jeremías 2:13).” Dicho de otra forma, ¡no hay espacio en el corral de la iglesia para vacas sagradas como el sermón!

“No les hablé ni les prediqué con palabras sabias y elocuentes sino con demostración del poder del Espíritu, para que la fe de ustedes no dependiera de la sabiduría humana sino del poder de Dios.” -Pablo de Tarso

 

Del libro, “Paganismo, ¿En tu cristianismo?” – Capítulo dos.

Por, Frank Viola y George Barna

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