Reflexiones

Las tecnologías de la información y las redes sociales, ¿camino al fin?

4 Dije a los insensatos: No os infatuéis; Y a los impíos: No os enorgullezcáis; 5 No hagáis alarde de vuestro poder; No habléis con cerviz erguida. Salmos 75: 4-5

La manera en cómo el celular va dominando la vida de las personas, no solo es vertiginosa, sino también adictiva. El celular se vuelve cada vez más imprescindible para la gran mayoría de las personas, especialmente para los jóvenes. La sensación de no estar conectado es como la perdida del oxigeno que se necesita para respirar.

Impresiona observar a las personas en lugares públicos, fijadas en sus celulares, dándoles a éstos mayor protagonismo que a sus acompañantes, o por otro lado, llama la atención ver cómo el celular es el protagonista para llevar adelante una conversación, sirviendo de apoyo en la charla para complementarla o dirigirla con fotografías, videos o audios. No hace mucho nos esmerábamos por describir una situación lo mejor posible, ahora una foto reemplaza todo el esfuerzo, empleándose la imaginación cada vez menos, empobreciendo de esa manera el pensamiento creativo y la libertad que ello conlleva.

El desarrollo tecnológico no se detiene y más bien acelera el ritmo, no pasará mucho tiempo para que el celular no solo sea un medio de comunicación y de “información”, también será un medio de pago dejando obsoleto el uso del dinero efectivo y las tarjetas de crédito y quien sabe se convierta en un medio de identificación.

Es por demás curioso cómo una aplicación como el WhatsApp se está desarrollando, cotizando en bolsa precios astronómicos, generando valor para sus propietarios sobre la base especulativa que tiene un gigantesco valor a pesar de que nadie aporta con un centavo. Si bien es un instrumento altamente útil, también promueve la generación de basura de manera descomunal. Los famosos grupos de WhatsApp se inician con fines buenos y en muchos casos terminan desvirtuándose en cháchara intrascendente, para decir lo menos.

Las redes sociales y el WhatsApp con ayuda del celular están desarrollando una generación centrada en el ego, nutren la vanidad y el orgullo, además de promover niveles de hipocresía inigualables en la historia de la humanidad.

El orgullo, lo vano y lo fatuo están siendo cada vez más catapultados al mundo a través de instrumentos disfrazados de gran utilidad. Por supuesto que en los inicios del Facebook resultaba muy atractivo contactarse con personas, de las cuales uno había pensado que nunca más tendría noticias, más aun cuando con un toque podías ver su fotografía más reciente y a su entorno familiar y de amigos.

Facebook persigue que se muestre lo mejor de uno, lo rico que come y dónde come, el prestigio es el más alto objetivo, el quién es quién y con quién uno se vincula es determinante. Cuanto más personas conoces mucho mejor, demuestras ser más famoso o más reconocido. No te dan la opción a disentir con un “no me interesa”, te incitan a poner un puño con el pulgar arriba para decir que te gusta, o mejor callas. Es un instrumento que desata polémica y disensiones, las agresiones entre facebookeros son comunes, para no decir que los insultos y más bien, las felicitaciones, van y vienen.

Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra; Mas con los humildes está la sabiduría. Proverbios 11:2

Instagram es el instrumento de la presunción por excelencia. Mostrar nuestra bella apariencia física unida a una buena y dulce vida, que normalmente no es más que una mera ilusión del momento de la foto. Twitter está ahí para personas con “conocimiento” que tengan opiniones “sabias”, es un instrumento donde triunfa la docta elocuencia de los más versados, impresionando o desilusionando a los ávidos seguidores. El Messenger que está casado con Facebook es usado para la manipulación de basura que supuestamente no ensucia, lo cual es una mentira porque contamina los corazones. Se utiliza para hacer circular cadenas y mensajes de supuesto amor y sabiduría, cuya efectividad para conseguir los objetivos del enemigo es fantástica.

¿Nos damos cuenta que estamos potenciando de manera exponencial el individualismo, la soberbia, las comparaciones llenas de fatuidad, la vanidad, la presunción y así sucesivamente? ¿No estamos siendo parte de un circulo vicioso que gira y gira, induciéndonos a estar insatisfechos de lo que somos y de lo que tenemos, mareándonos de envidia y engañándonos con puras apariencias? ¿No es todo esto pura idolatría?

Las redes sociales ya nos tienen prisioneros en sus sendas garras, somos presa de su dominio y engaño. Sin darnos mucha cuenta nos hemos convertido en seres humanos cada vez más amantes del ego, llegando a niveles descarados de amor propio y orgullo.

Cuando la egolatría y la soberbia se entrenan diariamente se genera un poderoso músculo que nos sostiene fuertemente, de manera tal, que ya no podemos salir o retroceder. Es curioso cómo los adultos se amoldan rápidamente a la generación de la autofoto (la famosa selfie) de los jóvenes que viven el progreso de su vanidad potenciada con pasión.

Nos encontramos frente a una nueva generación que arrastra consigo a generaciones anteriores hacia una cultura de los “likes” que logran conseguir con sus publicaciones, viviendo pendientes y dependientes de la opinión de otros que muy poco conocen o que ni conocen. Exponiéndose sin ningún reparo a que cualquiera conozca sobre su privacidad e incluso intimidad.

El crecimiento vertiginoso de las redes consigue que cada día haya más adeptos y seguidores atrapados en esta vorágine que pareciera no tener fin, el yo ya no cabe en los cuerpos de las personas, y se continua alimentándolo, para que siga creciendo.

¿Nos damos cuenta que poco a poco y cada vez más estamos bajo un dominio? Nuestro ego es exaltado y a nosotros nos encanta, y sin dubitar seguimos alimentando estos sistemas con nuestra información más personal. Ellos conocen todo de todos, saben nuestros gustos y aversiones, conocen a nuestras familias y amigos, saben dónde trabajamos y que profesión tenemos, donde vivimos, conocen el tenor de nuestras comunicaciones, si viajamos o no, y así sucesivamente.

Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; Filipenses 2:3

Por otro lado está la fascinación de la nube (cloud), todos queremos estar en la nube porque casi todo está en ella. Poco a poco las empresas van migrando sus sistemas a la maravillosa nube bajo la certeza que se trata de sistemas más seguros y garantizados por su alto nivel de especialización, sin embargo, en la medida en que la información esté cada vez más bajo la custodia de empresas como Google, Microsoft, Apple o Amazon, la probabilidad de que éstas tengan un dominio absoluto se incrementa cada vez más.

Por supuesto que solo Dios sabe cómo serán los últimos tiempos, pero dejo espacio a mi imaginativa intuición para aseverar que el desarrollo de las tecnologías de la información y de las redes sociales representa el inicio del dominio de la bestia, donde la gran mayoría será marcada con el 666 en la mano o en la frente. La Palabra nos enseña que los que no estén marcados no podrán comprar ni vender (Apocalipsis 13:17), y el celular será probablemente el instrumento que permita dichas transacciones.

Intuyo que Satanás se está aprovechando progresivamente de la mayor debilidad del humano, su orgullo. La soberbia, los malos pensamientos y la vanidad están siendo sistemáticamente desarrollados en los corazones de las personas, quienes amando cada vez más a su “hermoso” ego, no dudan en dejarse llevar por esta influencia terrible del mal, dejando fluir la maldad desde adentro, contaminando su existir para regocijo del diablo.

Vemos que el problema se sitúa en el corazón del hombre, lo cual no es algo nuevo, pues ya se mencionó en el Evangelio:

“21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, 22 los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. 23 Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.” Marcos 7:21-23

Por nuestro “yo” tan grandemente exaltado, un monstruo que venimos alimentando sin cesar, no dudaremos en defendernos a muerte, si alguien se atreve a siquiera criticarnos, peor si percibimos que se trata de una censura. Será muy difícil aceptar que estamos bajo un dominio, porque probablemente ya estemos definitivamente ciegos y sordos.

Es momento de hacer un alto y realizar un análisis profundamente meditado de nuestra situación. Tenemos a la Palabra de Dios como el mejor instrumento para guiar nuestro camino. Imploremos a Dios como lo hacía el salmista:

23 Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; 24 Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.                                 Salmos 139:23-24

Quizás no será posible distanciarse de manera radical de estos instrumentos, sin embargo, si tomamos consciencia de su peligrosidad, debemos aprender a dosificar su uso con sabiduría y también debemos limitar el exponernos o exponernos el mínimo posible.

Dios quiere que tengamos un corazón humilde y manso, todo lo contrario a lo que las redes sociales generan, evitemos contaminarnos para tener pensamientos puros y de alabanza que agraden a nuestro Señor. El cristiano vive sabiendo que ya no es de este mundo, ha muerto porque ha sido crucificado conjuntamente al Señor Jesucristo. Dejemos que Cristo viva en nosotros, alejándonos de todo lo del mundo que nos contamina.

Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Gálatas 2:20

Oración: Padre Santo y bendito clamo a ti para que examines mi corazón y mis pensamientos, ayúdame Dios mío a ver si en mí existe camino de perversidad. Permíteme vivir una vida cristocéntrica, donde yo pase a un segundo plano y mi Señor sea quien dirija mi camino, sálvame de todo mal, aléjame de tentación y pecado. Amén.

Alex Granier

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