Reflexiones

UNA REFLEXIÓN PARA LOS QUE DUDAN

En nuestra naturaleza humana está impreso el sentido de la duda, especialmente cuando no todo es color de rosa. Apenas las cosas empiezan a salir mal, no solemos detenernos a pensar que quizás se trata de una prueba y damos rienda suelta a nuestra imaginación para tratar de identificar lo que hicimos mal, o peor aun, buscamos culpables. 

Las pruebas a pesar de representar sufrimiento son una gran oportunidad para el crecimiento espiritual.

Cuando estamos pasando por una prueba, por muy dura que está sea, nuestra confianza siempre debe estar centrada en la misericordia de Dios. Veamos por qué una palabra tan definitiva como “siempre» es utilizada.

“Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy enfermo; Sáname, oh Jehová, porque mis huesos se estremecen. Mi alma también está muy turbada; Y tú, Jehová, ¿hasta cuándo?” Salmos 6:2-3

La aplicación de la Palabra a nuestra realidad jamás dejará de ser de gran edificación. Veamos los anteriores dos versículos, el salmista los escribió al encontrarse pasando por una gran aflicción. Así como el salmista clama en humilde sumisión al Señor, nosotros también debemos rogarle por misericordia.

Las Escrituras tocan el corazón del lector en la medida de su situación específica. Es importante hacer un alto, meditar en el contenido del texto,  y «escuchar» lo que Dios está diciendo, y en oración pedirle al Creador su pronto socorro.

La pregunta ¿hasta cuándo? no se trata de un reclamo, como cuando nosotros realizamos el mismo cuestionamiento a otras personas. Es más bien una pregunta hecha en suma humildad dentro de la esfera de confianza que el Señor permite que el creyente pueda tener para con Él.

El salmista sabe que debe aceptar el sufrimiento, no le es desconocido que esta aflicción le acerca a Dios y tiene la suficiente confianza como para preguntarle ¿hasta cuándo has previsto que debo aguantar esto?

“Mi escondedero y mi escudo eres tú; En tu palabra he esperado.” Salmos 119:114

Dios es un ser de dimensión infinita, cuyo poder y perfección son absolutamente insondables; a pesar de tanta grandeza le otorga al creyente una posición privilegiada, y no solo eso, se ofrece ser su escudo para que pueda esconderse detrás de él. La confianza y la espera en Él y en lo que su Palabra dice y promete deben estar enraizadas en el corazón del cristiano.

“Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudo.” Isaías 41:13

Dios es el artífice de la creación, todo lo que nos rodea, visible e invisible, es su obra. De la misma manera todos los humanos somos criaturas de Dios, sin embargo no todos somos hijos de Dios.

Para poder ser incluido dentro de la familia de los hijos de Dios Padre la condición esencial es arrepentirse del pecado y convertirse, reconociendo a Jesucristo como Señor y salvador, que resucitó de entre los muertos. La gracia que viene del Padre celestial obra a través de la fe para convertir a los llamados en hijos de Dios y como tales en coherederos del reino.

Si bien en un inicio el texto, que nos ocupa, estaba dirigido al pueblo de Israel, a partir de la venida de Jesucristo cobró validez para toda la iglesia. El Todopoderoso suele hablarles a sus criaturas a través de su creación, en tanto que a sus hijos les habla a través de su creación y de su santa Palabra.

Es un Padre protector, que coge de la mano a los que son convertidos en sus hijos una vez y para siempre. Me gusta la analogía del padre que camina con su hijo pequeño agarrado de la mano, cuando éste tropieza el padre no permite que caiga tirando hacia arriba de su pequeño brazo, quizás sufra de la consecuencia de un tropezón pero en ningún caso tendrá una caída tan dramática, que será fatal.

El creyente que lee «no temas, yo te ayudo» debería sentirse en extremo halagado y especial. El tiempo presente utilizado en la Palabra da la seguridad de que el Señor se encuentra siempre a la mano y a disposición de quien le ama. Cuán maravillosa es la relación de Jehová con sus hijos.

El hombre natural debe temer el juicio de Dios, en tanto que el hombre espiritual que es hijo de Dios cuenta con su Señor, que se caracteriza por ser perfectamente fiel y le promete que no tiene nada de que temer.

“ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” Romanos 8:39

El Dios Padre ama a sus hijos con un amor único que no podrá ser destruido por nada ni nadie. No existe acción posible que se pueda realizar para anular el amor que Dios tiene por sus convertidos. Tampoco existe pecado o tentación que pueda revertir la bendición de gracia de Dios, pues el regalo inmerecido que Dios otorga en infinita misericordia es para la eternidad.

Ese profundo amor se hace posible a través de la muerte en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, quien murió en sacrificio perfecto cargando el pecado de los que en Él creen para que pudieran ser justificados a fin de reconciliarse con el Creador y poder llevar una vida en amor en Él, por Él y con Él.

Cuando alguien cree verdaderamente en Cristo, Dios le identifica como suyo y le da el Espíritu Santo para que more en él. El Espíritu Santo es la garantía de la herencia que Dios prometió y que además realmente le ha comprado para que sea parte de su pueblo (Efesios 1:23-24).

La obra que el Espíritu Santo realiza en el convertido cierra el círculo del amor, el derrama en el corazón del creyente el amor por Dios y hace que éste quiera buscarle para adorarle, exaltarle y glorificarle.

“Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré.” Lamentaciones 3:24

El autor de lamentaciones, se cree que fue Jeremías, tiene la total certeza de que el Señor es su herencia, al tener tanta seguridad sobre esta situación legal, está plenamente predispuesto a esperar todo lo que sea necesario para ver la forma en la que el Señor actuará.

«En el esperaré» contiene la seguridad de que el Señor es bueno con los que le buscan y con los que dependen de Él, por lo tanto esperar en Él es el mayor acto de confianza y fe que podemos tener.

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.” Hebreos 11:1

La fe en el transcurso de la vida del creyente puede menguar o crecer. La fe es un fruto del Espíritu que a través del estudio de la Palabra y la oración puede ser desarrollado. Ante la duda fortalezcamos nuestra fe orando y leyendo las Escrituras.

A través de la fe podemos creer firmemente en el señorío de Jesucristo, que Él es nuestro salvador y que su muerte fue sólo temporal, porque ahora vive y reina junto al Padre. De la misma manera por la fe estamos convencidos de todo lo que la Palabra nos enseña y que no podemos ver. Por fe sabemos con certeza que todas las promesas de Dios se cumplirán.*

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” Gálatas 2:20

Cuando una persona confía en que Jesucristo es su salvador, participa de manera espiritual de su crucifixión y de su victoria sobre el pecado y la muerte. El convertido ha sido despojado de su viejo hombre que ha sido crucificado conjuntamente con Cristo. Ahora es revestido del nuevo hombre y tiene el privilegio de contar con Cristo viviendo en él.

El convertido tiene la certeza de que Cristo Jesús ofrendó su vida en amor por él. Si el Rey de reyes y Señor de señores permitió ser tan humillado para en obediencia conseguir que los que nada merecen sean redimidos, podríamos en algún momento dudar de su fidelidad?

ORACIÓN

Padre Santo y bendito, danos una fe viva, esa fe de la que tu dijiste que era capaz de mover montañas. Permítenos verte reflejado en todas las cosas a través de la fe que nos regalas. Ayúdanos a seguir adelante libres de toda duda fortalecidos en tu bendita fe. Pon en nosotros el deseo de buscar tus cosas, para poder decir como el apóstol Pablo que hemos peleado la buena batalla y de esa manera presentarnos delante de ti listos para recibir la recompensa que tú tienes preparada para tus siervos. Amén.

Alex Granier

*Breve reseña sobre la fe:

La Palabra enseña que Cristo es el autor y consumador (perfeccionador) de la fe (Hebreos 12:2) y la fe que el creyente tiene es un don de Dios.

La fe verdadera, también llamada fe salvadora, no es algo que pedimos y recibimos, ni es algo innato porque la tenemos de nacimiento, tampoco es un resultado del profundo estudio o de la búsqueda de lo espiritual. De acuerdo a Efesios 2:8-9 la fe es un regalo de Dios, que no merecemos, ni lo hemos ganado, y menos somos dignos de recibirlo.

La fe genuina no se genera en nosotros mismos, viene de Dios. No se obtiene por nuestra propia fuerza o porque así lo decidimos. La fe nos es dada porque Dios en su soberanía así lo decide, nos la regala junto con su gracia y misericordia, según su perfecto plan y propósito, y por eso nadie se puede jactar de haber tenido fe, motivo por el cual toda la gloria recae siempre sobre Él.

La fe que recibimos de Dios para poder creer en Jesucristo como nuestro Señor y salvador se llama fe salvadora, la fe que tenemos una vez convertidos en seguidores de Cristo es un fruto del Espíritu que el creyente debe cultivar a través de una estrecha comunión con Dios. En la medida en que el creyente viva en obediencia, en oración y en constante lectura de la Palabra su fe será vivificada.

Ver una explicación más profunda sobre la fe.

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