Doctrina, Reflexiones

SOBRE LA GRACIA DE DIOS Y SU SOBERANÍA

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Es doloroso ver cómo una gran cantidad de cristianos responden de manera positiva a la pregunta ¿crees que Dios es soberano? sin asumir y menos entender lo que en verdad implica esa soberanía.

La soberanía de Dios implica que Él como Creador del universo es dueño de todo lo imaginable, por lo tanto Él podría hacer y deshacer a su regalado antojo, sin embargo
dentro de su infinita perfección el respeta sus atributos como ser la justicia y la fidelidad. Él hace todas las cosas en el marco de su divina voluntad, la cual es perfecta.

El hecho de que Él decida soberanamente a quién otorgar su divina gracia no va en contra de su justicia ni tampoco en contra de su fidelidad. En otras palabras, si Él decide no dar su gracia a una determinada persona no se trata de un acto injusto porque todos sin excepción merecemos perecer en el infierno, tampoco hace que resulte infiel porque Él jamás prometió que todos seriamos salvos.

Dentro de la soberanía de Dios se encuentra decidir a quién Él otorga su gracia y a quien no, en otras palabras el decide soberanamente a quién llevar al cielo y a quien no. Dios no está en la obligación de regalar su divina gracia a todos los hombres y menos a algún hombre en específico.

Es a partir de este punto que la controversia entre cristianos y también entre paganos se da inicio. Se empieza a poner en duda la soberanía de Dios aduciendo que Él no puede ser tan injusto y que además a través de su gran amor para con la humanidad Él quiere que todos seamos salvos. Es interesantemente penoso cómo el ser humano busca manipular a su favor la soberanía de Dios.

Se trata indudablemente de una posición terrenal bastante romántica que demuestra una inclinación hacia el mundo, un desconocimiento del carácter de Dios y una mala lectura de su Palabra.

Sin duda Dios es amor, es parte indiscutible de su naturaleza y por eso Él bendice al mundo con su gracia común a pesar de que está habitado por pecadores que se dedican incesantemente a herir su santidad. Para todos llueve y para todos sale el sol, todos nos beneficiamos de los dones de la naturaleza que Dios creó, esa es una forma de demostrarnos su maravilloso amor.

Ahora bien, todos somos pecadores, en círculos cristianos esta aseveración no será discutida porque es aceptada como completamente cierta. El hecho de ser pecadores implica que nuestro pecado es una transgresión a los preceptos de Dios, transgresión que hiere la santidad infinita del Creador y hace que estemos todos bajo su ira santa y seamos todos merecedores de juicio y castigo.

En Juan 3:16 dice que: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Continúa diciendo en Juan 3:18: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”

Suena bien que Dios haya amado tanto al mundo que mandó a morir a su único Hijo para que todos seamos salvos, lo doloroso es que dice que solo serán salvos los que lleguen a creer y los que no creen ya han sido condenados, es decir que Dios ya había condenado a los que no creen.

Si todos merecemos el infierno por nuestra condición de pecadores, no es de ninguna manera injusto que los pecadores que ya eran pecadores (antes de la llegada de Jesucristo) o que ya eran pecadores antes de tener la oportunidad de conocer a Jesucristo (en la actualidad) sean castigados.

Hasta acá hemos podido observar que la justicia de Dios es lo que todos los pecadores merecemos y que no existe motivo alguno por el cual Dios deba perdonarnos, nada ni nadie podría interceder a nuestro favor porque tampoco existe atenuante alguno que se pueda utilizar a fin de que nos favorezca y de alguna manera nos libre del juicio y del castigo final.

Ahora volvemos al Hijo quien fue enviado en amor para que su muerte sea efectiva para los que en Él crean, se trata del único mediador posible que funge como abogado defensor de los perdidos que en Él creen.

Para creer en Cristo Jesús es necesario que el Padre celestial obre regalando su divina gracia, que ya no es la común para todos sino la especial para algunos, a través de su misericordia y bendiga al agraciado con su don de fe. Es precisamente en este punto donde obra la soberanía de Dios, donde Él decide soberanamente de quién ha de tener misericordia. Eso es lo que afirma el apóstol Pablo en Romanos 9:15: “Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.”

Para el hombre no existe forma de influenciar o conmover la soberanía de Dios, eso lo comprobamos en Romanos 9:16: “Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.” y en Juan 6:44: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.”

En Juan 6:64-65 Jesús es muy claro con los que Él sabía que nunca creerían porque el Padre no les iba a otorgar gracia especial (salvífica): “Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar. Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.”

Para discernir está verdad se necesitan oídos para oír y ojos para ver, que sea Dios dándonos estos sentidos espirituales, que llegan después de haber sido bendecidos con su infinita gracia de salvación.

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ORACIÓN: Padre Santo y Bendito ten misericordia de nosotros pecadores, bendícenos con tu gracia salvadora, regálanos tu don de fe, permite que podamos creer en Jesucristo como nuestro Señor y salvador, te lo pedimos en su bendito nombre. Amén.

Alex Granier

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